
El color desempeña una función vital en el mundo en que vivimos. Cuando la luz atraviesa un prisma, se divide y pone de manifiesto el espectro de los distintos colores que la componen. Este fenómeno es lo que denominamos arco iris. Cada parte del espectro tiene su propia longitud de onda, y lo que interpretamos como distintos colores son, en realidad, distintas longitudes de onda. A cada color, pues, le corresponde una longitud de onda diferente. El ojo humano y el cerebro trabajan de manera conjunta para traducir la luz en color. Los receptores lumínicos del ojo transmiten mensajes al cerebro, lo que produce la acostumbrada sensación de color.
El primer paso del proceso tiene lugar en la retina del ojo. La retina contiene millones de células sensibles a la luz. Se les conoce como fotorreceptores. Hay dos tipos de fotorreceptores: los hay en forma de bastoncillos y los hay en forma de conos. Su función es la de procesar la luz y transformarla en impulsos nerviosos que llegarán a la corteza cerebral por medio del nervio óptico. Los bastoncillos, que principalmente transmiten al cerebro información del tipo "blanco o negro", son los que nos ayudan a ajustar los ojos al entrar en una habitación oscura. Hay tres tipos de conos, sensibles a tres gamas de longitudes de onda diferentes: larga, media y corta (rojo, azul y verde), lo que da lugar a la sensación de color. Unas y otras células, en colaboración con las células nerviosas de conexión, le proporcionan al cerebro la suficiente información como para representarse y nombrar los colores. El ser humano puede distinguir hasta siete millones de colores. ¿Y los animales? Éstos, por lo general, ven menos colores que nosotros, aunque algunos ven más. Los pájaros ven entre cinco y siete colores. Los cocodrilos sólo pueden ver en blanco y negro, con diferentes tonalidades de gris.

El daltonismo, o deficiencia en la percepción del color, abarca toda una serie de problemas a la hora de distinguir colores y matices. La percepción normal del color requiere de la intervención de unas células receptoras especializadas, llamadas conos, que se encuentran en la retina del ojo. Los tres tipos de conos corresponden al rojo, al azul y al verde, lo que nos permite percibir un amplio espectro de colores. Una anomalía o deficiencia en alguno de estos tipos de conos da lugar al daltonismo, que afecta a un 9% de la humanidad. Los que sufren este trastorno encuentran difícil distinguir determinados colores entre sí, por ejemplo el rojo del verde o el azul del amarillo. La forma más común de daltonismo es la que afecta a los colores rojo y verde, y se conoce como deuteranopia. La incapacidad de distinguir el azul y el amarillo, que se perciben como blanco o gris, se conoce como protanopia. El daltonismo total, o acromatopsia, es la ausencia absoluta de conos en la retina, y es extremadamente rara.
Los seres humanos nacemos sin percepción de colores, dado que los conos no empiezan a funcionar antes de, más o menos, los cuatro meses de edad. Uno de cada veinte hombres sufre de algún tipo de daltonismo, frente a tan solo una de entre varios cientos de mujeres. El daltonismo es una característica heredada, o sea, su origen es genético. Sin embargo no todos los problemas en la percepción del color tienen un origen hereditario. El envejecimiento, determinados medicamentos y el deterioro de la retina o del nervio óptico pueden interferir en el normal proceso de la percepción del color.
No hay cura para el daltonismo de nacimiento. Algunos casos más tardíos de problemas en la percepción del color pueden mejorar con la cirugía, un cambio de medicación o tratando la enfermedad que dio pie a los mismos. De todas formas, cualquier persona que tenga problemas a la hora de distinguir los colores, debe someterse a una revisión oftalmológica. Un diagnóstico temprano del daltonismo puede evitar problemas de aprendizaje durante la etapa escolar.