La ceguera de los ríos, también llamada oncocercosis, es la segunda causa de ceguera en el mundo. Aunque rara vez presenta un riesgo vital, la oncocercosis causa un sufrimiento crónico y una seria minusvalía a unos 18 millones de personas en el mundo, de los cuales 300.000 han quedado ciegos de manera irreversible. La enfermedad está extendida principalmente en el África Occidental y Central y, en menor medida, en el Oriente Medio y el Continente Americano.
En el siguiente mapa se muestran las zonas donde la ceguera de los ríos es endémica.


Aparte de ser una de las principales causas de ceguera, los pacientes de ceguera de los ríos sufren continuamente de graves picores debidos a la presencia de nódulos que se desarrollan debajo de la piel y les llevan a rascarse sin cesar. Como resultado de todo ello, las áreas dérmicas afectadas sufren una pérdida de pigmentación y, con el tiempo, la piel presenta un aspecto moteado. Estas motas depigmentadas son más propensas a desarrollar cáncer de piel.
La oncocercosis es una enfermedad parasitaria causada por un gusano (Onchocerca volvulus) capaz de vivir en el cuerpo humano hasta 14 años. Las formas larvarias de estos gusanos se introducen en el cuerpo humano -o se contagian de una persona enferma a otra sana- a través de la picadura de moscas negras infectadas, también conocidas como jejenes (género Simulium), que viven y crecen en ríos de corriente rápida, dada la alta oxigenación de sus aguas.
Cuando los miles de microfilarias (larvas microscópicas) que produce el gusano hembra se esparcen por el cuerpo y llegan al ojo, causan en éste una serie de afecciones que conllevan serias pérdidas visuales o incluso la ceguera.
El ciclo empieza cuando, después de haberse apareado, la hembra de la mosca negra busca una fuente abundante de sangre, que es necesaria para la maduración de los huevos. A continuación, la piel del huésped sufre un estiramiento por acción de los dientes apicales de la mosca y comienza el bombeo de sangre hacia el interior de la misma. Es entonces cuando la saliva de la mosca negra, junto con cientos de larvas de onchocerca, pasan a la piel del huésped. Las larvas migran al tejido subcutáneo y crecen hasta hacerse gusanos adultos que se agrupan en nódulos y se extienden por todo el cuerpo.
Cada uno de estos gusanos adultos (filarias), que puede alcanzar más de medio metro de longitud, produce millones de microfilarias. Al morir estas microfilarias, el huésped sufre fortísimos picores, erupciones con prurito intenso, depigmentación cutánea (conocida como “piel de leopardo”) y linfoadenitis (cuya consecuencia es la formación de ingles colgantes y elefantiasis de los genitales). Si las microfilarias alcanzan el ojo y mueren, el resultado será un empeoramiento de la vista y la ceguera irreversible.

El método de diagnóstico más corriente consiste en tomar una pequeña muestra de la piel y colocarla en una gota de solución salina. En cuestión de segundos se puede ver a las microfilarias abandonando la piel.
La enfermedad se trata con una dosis de ivermectina tomada anualmente. La enfermedad quedará así controlada ya que la ivermectina mata las microfilarias. La nodulectomía (extirpación quirúrgica de los nódulos) es un tratamiento de refuerzo caro pero eficaz.